Los libros. Alguien me preguntó en una ocasión, ¿por qué me parecía tan importante leer libros? Fue hace años, sigo reflexionando y cada vez me parece menos importante leer libros. Estar informado, discernir lo esencial de lo superfluo, entender el medio en que te desenvuelves, conseguir ventajas competitivas accediendo a la información pertinente en el momento oportuno, eso sí es importante. Pero este debate lo reservo a mis colegas que desde cada esquina del ancho mundo, cada día intentan, describir, clasificar, indizar, resumir, enlazar, ordenar, …la información que se multiplica.
Pero los libros impresos. Reductos de la literatura o del pensamiento más reposado, de la memoria que el tiempo macera y alambica resultando sabrosos y delicados frutos. Cuatrocientos catorce años antes de mi nacimiento se imprimió el primer libro con tipos móviles, mil doscientas ochenta y cuatro hojas con dos columnas de cuarenta y dos líneas con huecos para que las hermosas capitales fueran rubricadas a mano, entre sus caracteres góticos a la manera de los manuscritos alemanes del siglo XV. De los, aproximadamente ciento setenta ejemplares que se imprimieron, treinta eran en pergamino y el resto en papel. Se considera por los expertos uno de los libros más bellos jamás impresos. Huelga decir la proliferación de la palabra impresa desde entonces. Entre toda ella, me interesa ahora esa dedicada al placer, a esa dicha que nos embarga cuando nos sumergimos en otra vida, otro paisaje, otros olores, sabores, cuando nos entregamos sin reservas a las palabras que alguien ha dejado ahí para nosotros.
Me desazona pensar que puedo morir sin llegar a cruzarme con el libro de mi vida. Pero ¿existirá ese único libro? Quiero decir, ¿no existen tantos libros como momentos, estados de ánimo, intereses, emociones, curiosidades, obsesiones, atracciones, sintamos en cada momento? Y ¿cómo llegamos a conocer primero, a leer después cada libro? A veces una cubierta nos llama la atención, una reseña en la prensa, la curiosidad o la vergüenza de no conocer a un clásico, pero las más de las veces, una persona nos habla del libro. Existen lazos tan estrechos como invisibles entre las personas que leen lo mismo.
Quiero dedicar este espacio a expresar el agradecimiento más profundo y sincero a todas aquellas personas que me dieron la oportunidad de conocer algunos de los libros que he leído. Quizás no sean los mejores libros que haya podido leer, seguro que pudiera haber pasado sin ellos, pero de cada uno de ellos por una razón u otra, guardo un especial recuerdo. Algunos removieron mi conciencia, otros me aligeraron el espíritu, otros sembraron en mí la duda, otros la calma. Muchos son archiconocidos y unos pocos extrañas joyas ocultas entre el maremagno de lo escrito.
Leer cada uno de ellos, así como conocer a las personas que me los han hecho llegar, ha hecho de mí lo que soy, sin ellos puede que no fuera ni mejor ni peor, pero en todo caso, sin libros, ni yo ni mi vida serían las mismas.